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Lo que aprendí dirigiendo un equipo completamente internacional

Cuando me convertí en Presidente de AIESEC Venezuela, heredé algo que nunca había manejado antes: un equipo ejecutivo nacional donde cada miembro venía de un país diferente.

No era diversidad como concepto. Era diversidad como realidad diaria. Personas con culturas distintas, formas de comunicarse distintas, expectativas distintas sobre lo que significa trabajar en equipo, cumplir un compromiso o dar una opinión en una reunión.

Lo primero que aprendí es que liderar un equipo internacional no es liderar más fuerte. Es liderar con más escucha.

Un alemán y un venezolano no tienen el mismo concepto de puntualidad. Un brasileño y un japonés no tienen la misma forma de decir que algo no les parece bien. Si aplicas tu propio marco cultural como si fuera universal, pierdes a la mitad del equipo sin darte cuenta.

Lo segundo que aprendí es que el propósito compartido es el único idioma que funciona en todos los contextos. Cuando el equipo tiene claro para qué existe, las diferencias culturales dejan de ser obstáculos y se convierten en perspectivas.

Lo tercero: la confianza no se construye en reuniones. Se construye en los momentos difíciles. En cómo respondes cuando algo falla, en cómo tratas a alguien cuando comete un error, en si cumples lo que dices aunque nadie te esté mirando.

Dirigí ese equipo entre 1999 y 2001. Hoy, más de 25 años después, sigo aplicando lo que aprendí entonces.

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